
Cada noche, tras el ansiado final de la jornada laboral, realizaba de forma escrupulosa la rutina que le aportaba la satisfacción de saberse querida por sí misma.
Lo primero que hacía era regalarse una breve ducha de agua caliente, acariciando su cuerpo con su gel favorito.
Después se mimaba vistiéndose con su atuendo preferido para estar cómoda en casa, un amplio pijama de cuadros escoceses de caballero, que le hacía sentirse completamente libre (al menos, en lo que a vestimenta se refiere).
Tras estos pasos de aclimatación a su hogar, daba comienzo el ritual, ese con el que conseguía evadirse, creando una burbuja de bienestar y sensaciones placenteras.
Se acercaba con sigilo a su vinoteca, quedándose inmóvil durante un tiempo, haciendo un rastreo por sus preciadas botellas. Las contemplaba inspeccionándolas, afinando sus sentidos para que la elección se ajustara a los matices de la noche.
Una vez elegida, se iba hacia la mesa de madera de roble que coronaba la cocina y allí, se hacía con la copa adecuada, dependiendo del tipo de vino que hubiera escogido (borgoña, burdeos, flauta, saurtenes…) todo debía estar cuidado al detalle, pues se trataba de su momento, de su placer más arraigado, del cual no estaba dispuesta a prescindir.
Música de fondo, Jazz: John Coltrane, Miles Davis, Billie Holiday, Charles Mingus, Sarah Vaughan, etc. y en su mano, aquella copa de vino que le embriagaba cada noche el gusto y el espíritu.
-Quién más y quién menos sabe a estas alturas de la película que la vida no va de grandes aventuras, siendo los pequeños placeres los que consiguen hacer más agradable el tránsito por el mundo de cada uno. ¿Cuáles son los tuyos? –
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