La cuarta ola será de Salud Mental

El confinamiento, el distanciamiento social, la muerte de seres queridos y las situaciones de duelo mal resueltas, la crisis socio-económica que atravesamos, el miedo o la incertidumbre constantes son algunos de los factores asociados a la pandemia que en los últimos meses han disparado los trastornos de ansiedad, depresión, estrés y otros trastornos mentales graves que han contribuido a empeorar el bienestar mental y emocional de la población.

Por mi profesión de Psicóloga Sanitaria y el área laboral al que me dedico (atención a la dependencia y promoción de la autonomía personal), me ha tocado vivir la pandemia en primera línea.

Tras 10 intensos meses dedicando una media de 12 horas al día para atender mis diversos compromisos profesionales, sentí que necesitaba bajar el ritmo.

Mayoritariamente me he dedicado a la asistencia psicológica y el acompañamiento emocional a personas de edad avanzada y sus familias, tanto de forma presencial en instituciones y domicilios, como de forma telemática.

Tantas horas fuera de casa, miles de kilómetros recorridos al mes, comidas en tupperware, cada vez menos horas de sueño, todos estos factores me fueron sumiendo en un agotamiento cada vez mayor, haciendo que la motivación y la energía que sentía en los primeros meses de la pandemia, se tornasen en desánimo y una terrible desilusión con mi profesión.

La Navidad me obligó a parar y lo que parecía que sería un momento de desconexión ideal para recargar energía y dedicarme tiempo de calidad, con el paso de los días, se fue convirtiendo en la antesala de un estado de ánimo triste, teniendo como telón de fondo, frecuentes sentimientos de culpabilidad.

Paradójicamente, cuando conseguí reducir el número de horas laborales, en lugar de hacer realidad los anhelos que tenía para mejorar mi calidad de vida, empecé a sentir emociones que caminaban en la dirección del desánimo.

El tiempo que pasaba sola en casa se convertía en el detonador que activaba en mí inquietantes sentimientos de desesperanza con el futuro.

Progresivamente se fue apoderando de mi una incipiente falta de ilusión con mi trabajo, coincidiendo con el momento en que estaba comenzando a sustituir la tensión y el estado de alerta constante en el que había vivido los primeros meses de la pandemia, por la tranquilidad que debería ofrecerme el hogar.

Fueron semanas muy difíciles, donde estaba realmente desconcertada. Afortunadamente tuve el apoyo de mis seres queridos y haciendo un ejercicio de simplificación absoluta de mi realidad, decidí que iba a dedicarme a satisfacer mis necesidades más elementales, como son comer, caminar y dormir.

Estas tres cosas tan sencillas, si te las tomas en serio y las haces correctamente, te pueden sacar de un buen apuro.

El sueño comenzó a ser más reparador, no me desvelaba con tanta facilidad y es que poco a poco fui dejando tras de mí ese estado de alerta que me había calado de tal forma, que ni siquiera en la hora del descanso era capaz de desactivar.

Las comidas comenzaron a ser de calidad, sentada en la mesa, con tiempo para disfrutarlas.

Y las caminatas combatieron el sedentarismo con el que colonizaba el poco tiempo libre que tenía. La naturaleza es realmente terapéutica.

(Para más información sobre estilo de vida saludable, podéis visionar el directo en Instagram de la Psicóloga Clínica @psicologa_mariajesus sobre “Hábitos saludables frente al Covid”).

Mi desajuste psico-emocional se llama “Síndrome Burnout”, también conocido como el “Síndrome del profesional quemado”, y sin duda alguna, los datos apuntan a que los profesionales sanitarios son y serán la principal diana para padecerlo, por la sobrecarga laboral y emocional a la que se vienen enfrentando desde hace ya casi un año. 

Enfermeros, auxiliares de enfermería, rastreadores, médicos, conductores de ambulancia, etc. todos ellos se encuentran al límite de sus fuerzas, pero sienten que no es momento de parar, deben continuar, a pesar del desánimo, de la falta de apoyo y consideración que sienten en algunas ocasiones por sus propios supervisores, y en el caso de los rastreadores, por la impotencia y frustración que experimentan cuando la población desoye sus peticiones de confinamiento y realización de pruebas diagnósticas para la detección de la COVID-19.

HOUSTON, TX – NOVEMBER 26: (EDITORIAL USE ONLY) Dr. Joseph Varon hugs and comforts a patient in the COVID-19 intensive care unit (ICU) during Thanksgiving at the United Memorial Medical Center on November 26, 2020 in Houston, Texas. According to reports, Texas has reached over 1,220,000 cases, including over 21,500 deaths. (Photo by Go Nakamura/Getty Images)

Miedo, incertidumbre, rabia, desánimo, hartazgo… La pandemia ha creado un tsunami de emociones que mucha gente ha experimentado en algún momento, durante estos últimos meses.

Habrá un gran aumento de los trastornos mentales  ante la situación excepcional” que ha supuesto la crisis sanitaria por la Covid-19, explica el presidente de la Confederación Salud Mental España, Nel González Zapico, alertando de que lo “más grave está por llegar”. 

Texto extraído de La Vanguardia.

Nos sentimos en la obligación de apelar a la realidad, pero no por ello prescindimos del sentimiento más necesario para estos momentos tan difíciles que todos estamos atravesando, la esperanza.

La esperanza está basada en la responsabilidad individual, siendo la única que nos puede garantizar la solidaridad social que necesitamos, para que podamos salir entre todos de esta situación lo antes posible y con el menor daño, ya que a estas alturas, todos sabemos que la disciplina y el compromiso con uno mismo y con el resto, son armas imprescindibles para combatir la crisis sanitaria por la COVID-19.

“Encárgate de tu parte, yo lo haré de la mía”.

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