Pandemia: mujeres condenadas a ser amas de casa

ONU Mujeres, ha realizado un análisis a finales de 2020 sobre la COVID-19 y sus
efectos en la mujer, un binomio al que queremos dedicarle nuestra reflexión.
“Copan los trabajos precarios y aquellos ni reconocidos ni pagados: los cuidados de
niños y mayores y el peso del hogar. Las mujeres han aumentado más que los
varones el tiempo que emplean en todas las tareas en casa (limpieza, cuidado y
educación de los hijos, cocina y compras)” asegura la ONU.
Una de las agrupaciones sindicales más representativa a nivel nacional afirma que “el
confinamiento ha perpetuado el rol de género de la mujer, como principales cuidadoras
en el ámbito familiar”. Además, ha presentado un estudio para dilucidar de qué forma
han impactado los ERTE en el empleo de la mujer, concluyendo que un 52% de los
expedientes de regulación temporal de empleo han recaído sobre ellas.


Hoy queremos compartir con vosotras y vosotros, la historia de cuatro mujeres.
Mujeres que han tenido que sobrellevar, por un lado, el impacto general del virus y por
otro sus crueles efectos a nivel socio-económico. Mujeres que en su mayoría
traspasan la barrera de los 50 y que comparten un mismo miedo:
“Me asusta la idea de no volver a trabajar hasta mi edad de jubilación. Me asusta ser
“nadie” socialmente hablando, porque no nos engañemos, la sociedad solo reconoce
la productividad, el resto se amontona en un gueto de humanidad sin consideración”.
Sagrario no tardó mucho tiempo en ver como la pandemia destruía su puesto de
trabajo. La tienda de ropa para mujer en la que trabajaba desde hacía 11 años no
aguantó ni el primer confinamiento. El cierre obligado de esas semanas sirvió de
excusa para que las puertas del comercio cerraran definitivamente.

La COVID-19 ha supuesto el fin de la vida laboral de esta mujer de 63 años. Una
“jubilación” prematura, que trae consigo un giro de 180º en su cotidianidad.
De un día para otro, se esfumó su faceta laboral, esa que asociamos con el
sentimiento de utilidad y productividad, un aspecto de nuestra identidad tan relevante,
que su desaparición puede repercutir gravemente en el ánimo y la autoestima de la
persona.
Es aquí donde las herramientas personales de resiliencia deben desplegarse
hábilmente, de tal forma que se aproveche la inercia de ese inesperado giro vital, para
copar las rutinas con otros quehaceres que puedan revertir positivamente en la
persona y su entorno.
Sagrario añora su trabajo, su rutina diaria de arreglarse para ir a la tienda en la que ha
vestido a cientos de mujeres para sus eventos más significativos. Hoy dedica sus días
a cuidarse y cuidar a los que le rodean. Camina diariamente, ha retomado su gusto por
la lectura y la música clásica le acompaña gran parte del día. Está en lista de espera
para aprender “Inglés nivel básico” en la Universidad Popular y espera con
impaciencia la apertura de las salas de cine de la provincia, pues para sobrellevar un
cambio tan radical como el que está viviendo, sabe que no hay nada como negarse a
entristecerse y tirar de la cultura para levantarse.

Las siguientes historias serán anónimas, pero no por ello silenciadas.
Este testimonio corresponde a una mujer de 59 años, que lleva desde marzo del 2020
encadenando un ERTE tras otro.
Para ella, este parón ha sido un cuchillo de doble filo en su vida.
Reconoce que ha tenido que lidiar a la vez con el miedo y con el tiempo libre,
habiéndole dado este último, la posibilidad de dedicarse a cuestiones que necesitaba
hacer imperiosamente para sentirse bien.
Confiesa que el miedo se ha adueñado prácticamente de sus días. Aunque sabe que
tiene un trabajo que legalmente le espera, le es inevitable preocuparse al pensar que
su puesto no esté recibiendo la cobertura idónea.
Cree que los empresarios adolecen de falta de expectativas y flaqueza económica,
mientras que los asalariados crecen en un vasto campo de explosivos de hipo-
laboralidad y por ende, las posibilidades en todos los sentidos quedan sesgadas.
Le retumba la idea de no volver a trabajar, de no saber lo que le deparará el futuro.
Teme ser invisible para la sociedad.
En este síndrome del imprevisto en el que nos hemos instalado, esta mujer siente
como le va deteriorando la constante suposición. Aunque eso sí…
“cada día me levanto con esa luz que siempre entra por las rendijas más
insospechadas”.


La siguiente historia puede ser realidad o ficción, depende de quién la lea, depende
del estatus socio-económico al que crea pertenecer, depende…
Aunque pasar la barrera de los 50 años puede ser muy revelador a nivel personal,
quedar pendiendo de un hilo a nivel profesional con este rango de edad, se puede
convertir en una auténtica pesadilla que desgraciadamente le toca vivir a muchas
mujeres.
Siendo conocedores de esta realidad los responsables públicos de empleabilidad,
lanzan bonificaciones económicas para los empresarios, de tal forma que puedan
contar con este perfil en sus negocios, sin tener que recurrir al manido “talento joven”,
escondiéndose en muchas ocasiones tras él, contratos precarios e intermitentes que
nada tienen que ver con aportar la valía y el respeto merecido a este talento (ni al otro,
el TALENTO SENIOR, como lo hacen llamar ahora los expertos).
Aquí quiero incluir los testimonios que sin haberlos escuchado directamente, todos
conocemos de oídas: Mujeres que son despedidas justo en el momento en que
tendrían que hacerlas fijas; mujeres que se ven obligadas a aceptar empleos que
están muy por debajo de sus capacidades; mujeres que abandonan su trabajo (y con
ello parte de su identidad) para convertirse en las cuidadoras informales de sus
familiares; MUJERES, con todo lo que la palabra encierra.

Para finalizar, vamos a conocer el testimonio de una mujer de 37 años, su historia
pone en evidencia la falta de significante y significado que encierra la palabra
“conciliación”.

Siendo madre de una niña de 3 años y estando en proceso de gestación de una nueva
vida, la pandemia tuvo formato de teletrabajo para ella y con él, asomaron los flecos
de las desigualdades de género dentro de la pareja, empezando por el reparto de los
espacios para desempeñar la actividad profesional y terminando por el dispendio de
cuidados y asunción de las tareas del hogar.
Recuerda cómo desde la mesa de la cocina (espacio que aquel día asumió libremente
para teletrabajar) realizó una formación sobre igualdad de género, a la vez que iba
encargándose de la comida de ese mediodía.
Modificó su horario laboral para sincronizarse con los horarios de su hija (no he
comentado que su trabajo en aquellas semanas de crispación e incertidumbre, era
proveer de recursos públicos a las personas afectadas durante la pandemia, un combo
a veces imposible de conciliar).

Como sumun del sinsentido que vivió, me narra como en uno de esos días donde se
veía obligada a solapar su faceta de madre con la de trabajadora, reprochó duramente
a su pequeña el que llamara su atención de esa forma tan insistente, ya que estaba
atendiendo una llamada muy importante. Rápidamente se dio cuenta del disparate al
que estaba haciendo partícipe a su hija y pudo pedirle sus más sinceras disculpas.
Ese momento le dolió enormemente como mujer y como madre.
Las variables sexo y edad han ido perfilando las líneas de este artículo con la única
intención de dar voz a estas mujeres, que pueden correr el riesgo de quedar
invisibilizadas para el resto de la sociedad.
Los estereotipos patriarcales siguen vigentes, siguen rigiendo tácitamente muchos
hogares que, a priori, podrían resultar más progresistas.
Las consecuencias en las condiciones de vida y de trabajo que esta pandemia está
teniendo para el sector femenino de la sociedad, vuelven a poner de rabiosa
actualidad la advertencia que la filósofa y escritora francesa Simone de Beauvoir nos
legó: “no olvidéis nunca que bastará con una crisis política, económica o religiosa para que
los derechos de las mujeres se cuestionen. Estos derechos nunca son adquiridos.
Deberéis permanecer alerta durante toda vuestra vida”.

Simone de Bouvoir

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